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Domingo de documentales: Lucha a muerte de dinosaurios

Hoy les presentamos un nuevo documental que muestra algo sorprendente en el registro fósil: una lucha a muerte de dos dinosaurios carnívoros, y ambos, tyranosáuridos. El Nanotyranus, un terópodo de 5,5 metros de longitud podría haberse enfrentado a un gigante como el  Tyrannosaurus rex. El documental, de gran calidad, fue producido por Warehouse 51 productions para National Geographic, y publicado en junio de 2015, lo que informamos a efectos de tomar en cuenta la desactualización de detalles anatómicos y hallazgos posteriores. Disfrútenlo.

Identificado el “eslabón perdido” entre los dinosaurios herbívoros y carnívoros

Hasta ahora la ciencia paleontológica había identificado a los primeros dinosaurios como carnívoros bípedos de pequeño tamaño, que en algún momento habían evolucionado generando también las formas herbívoras. Sin embargo, no se habían podido identificar especímenes en transición entre los dinosaurios herbívoros y los carnívoros.

Ha sido un minucioso estudio llevado a cabo por investigadores de la Universidad de Cambridge y el Museo de Historia Natural lo que ha permitido descubrir al fin este “eslabón perdido”.  Para ello, se han analizado más de 450 características anatómicas de los primeros dinosaurios y se ha concluido que chilesaurus diegosuarezi, el dinosaurio nombrado en 2015, cubre la brecha entre dos de los principales grupos de dinosaurios.

Chilesaurus era un dinosaurio peculiar, un herbívoro del Jurásico Superior que aunaba características de ambos grupos, como una cabeza similar a la de un carnívoro pero con dientes planos para moler vegetales. En un primer momento, tal como informamos en Pangea, se ubicó a este dinosaurio en el grupo theropoda, un grupo que incluye al Tyrannosaurus rex. Investigaciones posteriores sugieren que en realidad fue un miembro muy temprano del grupo ornithischia, que incluye a dinosaurios como el Triceratops. Esta nueva ubicación de Chilesaurus tiene implicaciones importantes para comprender los orígenes de este grupo. A pesar de que este dinosaurio poseía una estructura de cadera similar a la de un pájaro, un rasgo característico de este grupo, no tenía un pico similar a las aves. Esto sugiere que  el intestino evolucionó primero, y las mandíbulas evolucionaron más tarde. Este cambio de dieta, probablemente por necesidad, debió resultar más ventajoso para los dinosaurios que lo asumieron, especializándolos poco a poco hasta tener las características físicas adaptadas a su nuevo modo de vida.

“Chilesaurus es uno de los dinosaurios más desconcertantes e intrigantes jamás descubiertos. Su extraña mezcla de características lo coloca en una posición clave en la evolución de los dinosaurios y ayuda a mostrar cómo algunas de las divisiones realmente grandes entre los grupos principales podrían haber surgido”, explica el coautor de la investigación, el profesor Paul Barrett, del Museo de Historia Natural.

Los resultados del estudio han sido publicados en la revista Biology Letters, en la que se puede ver que este equipo asume que los ornistiquios y los terópodos evolucionaron a partir de un antepasado común, volcando así más de un siglo de teoría sobre la historia evolutiva de los dinosaurios.

El filo serrado de sus dientes fortaleció a los terópodos

¿El secreto del éxito de los terópodos? Sus dientes zifodontes, caracterizados por tener un filo estriado que les permitía separar fácilmente la carne de los huesos de sus presas sin astillar sus propios dientes. Un grupo de investigadores de Toronto y Taiwán han estudiado la estructura de este tipo de piezas dentales en dinosaurios carnívoros bípedos y afirman que la profundidad de los pliegues que presentan fortalecían a los colmillos e impedían que se rompieran cuando desgarraban su alimento.

Así, dinosaurios como el Tyrannosaurus rex y el Allosaurus eran más eficientes de lo que se pensaba manejando a presas de gran tamaño, lo que contribuyó al éxito del grupo como depredadores durante unos 165 millones de años. Además, se descarta la hipótesis de que las grietas halladas en los dientes fósiles se deben al estrés y la presión; más bien son fruto del desarrollo de la dentadura reptiliana y fortalecieron su mordedura.

Tal y como se explica en “Developmental and evolutionary novelty in the serrated teeth of theropod dinosaurs”, estudio publicado en Scientific Reports, los investigadores han examinado los dientes de ocho terópodos mediante un microscopio electrónico de barrido (SEM) y espectroscopia infrarroja, además de analizar los tejidos que componen estos ‘cuchillos de carne’.

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Microanatomía de un diente de Gorgosaurus libratus.K. S. Brink

Kirstin Brink, que encabeza esta investigación, ya aplicó anteriormente esta tecnología para descubrir que los dientes zifodontes evolucionaron primero en el dimetrodon, unos 40 millones de años antes que en los dinosaurios terópodos. Sin embargo, los descendientes de este animal cambiaron sus hábitos alimenticios y este tipo de dentadura desapareció en su linaje. Hoy en día, sólo los dragones de Komodo tienen dientes similares, pero los pliegues interdentales no son tan profundos ni presentan capas adicionales de dentina, sustancia que protege contra las fracturas.

Los terópodos tenían ‘pies de gallina’

Un análisis de restos de piel de “Pepito”, el dinosaurio jorobado de Cuenca, revela que los pies de los dinosaurios terópodos estaban recubiertos por una estructura de escamas similar a la de las aves modernas. Se podría decir que los carnívoros bípedos tenían patas de gallina. Es común que las reconstrucciones de dinosaurios realizadas por paleoartistas para el cine, el cómic o la ilustración científica presenten escamas que recubren los pies (al estilo de cocodrilos o aves modernas),  pero no había evidencias directas de este hecho.

Este es el objeto de estudio de la investigación desarrollada por paleontólogos de la Universidad Autónoma de Madrid (Elena Cuesta y José Luis Sanz), del Grupo de Biología Evolutiva de la UNED (Francisco Ortega) y del CONICET- Instituto de Investigación en Paleobiología y Geología de Argentina (Ignacio Díaz-Martínez). En “Did all theropods have chicken-like feet? First evidence of a non-avian dinosaur podotheca”, artículo publicado en Cretaceous Researchlos científicos analizan los restos de piel asociados a la extremidad posterior del terópodo Concavenator corcovatus del yacimiento de Las Hoyas (Cuenca), que permite establecer y reconstruir con rigor científico la estructura de escamas que cubría el pie de este espécimen.

Los autores analizaron las impresiones de piel asociadas al pie derecho de Concavenator y lo compararon con el resto del registro fósil, así como con la podoteca (estructura de escamas en los pies) de los organismos actuales emparentados con los dinosaurios (cocodrilos y aves). Así, identificaron en “Pepito” los mismos elementos que tienen las aves, es decir: tres tipos distintos de escamas; la ordenación de éstas; el desarrollo de almohadillas plantares con la misma disposición que en aves como los avestruces y la presencia de un estuche córneo que formaría las garras de los dedos, según ha dado a conocer la Universidad Autónoma de Madrid.

La existencia de una estructura tan similar a la de las aves modernas en Concavenator implica su aparición en una etapa temprana de la evolución del linaje que da lugar a las aves actuales y su probable presencia en todos los terópodos no avianos. Los autores afirman que este descubrimiento permitirá interpretar desde un nuevo punto de vista el registro de huellas de dinosaurio carnívoros.

Canibalismo entre tiranosáuridos

Hace unos días el mundo se hizo eco de una noticia sorprendente: El esqueleto de un Daspletosaurus juvenil presentaba marcas de haber sido atacado en vida por miembros de su misma especie, y después de muerto, presentaba evidencias de haber sido igualmente mordisqueado, hace unos 75 millones de años.

No es este el único caso de canibalismo demostrado, pero si se trata de uno de los más ensañados. El análisis mostraba hasta catorce grupos de marcas en sus huesos fósiles, incluyendo un bocado en la parte posterior de la cabeza que rompió una parte del cráneo. Las hendiduras circulares en forma de diente que se veían en el hueso indicaban la enorme presión que podían llegar a ejercer las mandíbulas de estos animales, que se sabe, gracias al estudio de sus deposiciones fosilizadas o coprolitos, que engullían músculos y huesos enteros.

La vida de los tiranosáuridos ha sido ampliamente estudiada por la paleopatología, la disciplina que analiza las enfermedades, heridas y daños en los fósiles, y se observa un patrón de vida especialmente violento. Ya en el año 2010, el investigador de la Universidad de Yale, Nick Longrich, señalaba en la prestigiosa revista PLoS ONE respecto del canibalismno en tiranosáuridos: “sorprende ver la frecuencia con la que, aparentemente, se producía el canibalismo. No estamos totalmente seguros de qué implica todo esto, pero la práctica probablemente fuese más común de lo que pensamos”.

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Las evidencias de Tyranosáuridos que fueron mordiesqueados en vida varias veces por sus semejantes, que curaron sus heridas y continuaron su camino hasta ser devorados de nuevo después de muertos, indican que este tipo de dinosaurios no encontraban límite a su voracidad. Las razones del canibalismo pueden ser varias. Por un lado, el hambre, que es el más probable, sobretodo en este caso reciente, pues las dentelladas postmortem se hicieron sobre el cadáver en descomposición. Por otro lado, la ingesta como resultado de haber matado a un semejante en un combate por defender un territorio o comida, que es el caso probable del Gorgosaurus descubierto en Alberta, Canadá en 2009. En aquél entonces, el paleontólogo Phil Bell encontró alojado entre los dientes de un tiranosáurido, los dientes de otro ejemplar, que había sido mordido con una fuerza equivalente a dos toneladas, la misma del tiburón blanco. Las numerosas evidencias de ingesta de carroña de la misma especie en tiranosáuridos, indican también que es posible que estos dinosaurios hicieran vida en grupo y no en solitario, y que las peleas fuesen comunes, optando por la ingesta de los perdedores para reducir la competencia, o para complementar la dieta en tiempos de escasez. Lo que está clara es la naturaleza oportunista de esta especie. Esperemos que nuevos estudios arrojen más luz sobre los hábitos alimentarios de estos depredadores prehistóricos. Lo que verdaderamente intriga, es que se han encontrado más evidencias de que esta familia fuese caníbal, que evidencias de que cazara sobre otros dinosaurios.

La forma de sus huevos ayudó a las aves a sobrevivir a la extinción

Investigadores de la Universidad de Lincoln (Reino Unido) sugieren que la forma de los huevos de las aves primitivas del Mesozoico fue un elemento clave para que estos animales sobrevivieran a la extinción masiva que acabó con los dinosaurios (y otras especies). En el estudio, publicado en la revista Royal Society journal Open Science, se analiza las cáscaras de huevo de la transición de los dinosaurios terópodos a las aves modernas.

Los resultados indican que las aves primitivas (desde hace 250 millones de años) ponían huevos con formas muy diferentes a los huevos incubados por el linaje que sobrevivió a la extinción hace 65 millones de años.

Los huevos del Mesozoico eran alargados y significativamente más simétricos que los demás huevos de aves. Además, su textura era más porosa de lo esperado en relación a su tamaño. No obstante, “la gama de formas de huevos en las aves modernas ya se había alcanzado en el Cenozoico”, según Dr. Charles Deeming, autor de “Egg shape changes at the theropod–bird transition, and a morphometric study of amniote eggs”, quien ha explicado a la BBC que cree que “las aves modernas sobrevivieron al evento que provocó la extinción porque aplicaban la incubación por contacto, que prevalece hoy día, construían nidos y se sentaban sobre sus huevos, mientras antes, la mayoría de las aves solían enterrarlos, como los terópodos, y eso los hacía potencialmente más vulnerables”.

Aunque la forma de los huevos pudo ser un factor que influyera en el éxito del linaje de aves que sobrevivió a la extinción, no es la causa principal. Deeming espera que, a partir de este estudio, se investigue más cómo eran los métodos de incubación y comportamientos de anidación que permitieron la supervivencia de estas criaturas.