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Xenokeryx amidalae, un nuevo antepasado español de las jirafas con tres cuernos

La reina Amidala vivió en la Península Ibérica… o mejor dicho un antepasado de las jirafas cuya cornamenta en forma de “T” recuerda al peinado de este personaje de ficción de la saga Star Wars. Un equipo integrado principalmente por investigadores del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) ha estudiado un conjunto de fósiles de un paleoméricido (en griego “rumiante antiguo”) procedente del yacimiento mioceno de La Retama (Cuenca), con unos 16 millones de años de antigüedad. Los restos de este herbívoro, bautizado como Xenokeryx amidalae (“cuerno extraño de Amidala”), han permitido determinar que el linaje de los paleomerícidos es hermano del de las jirafas y no de los ciervos, como se pensaba.

Los paleomerícidos fueron unos extraños ungulados que vivieron durante el Mioceno, hace entre aproximadamente 17 y 11 millones de años. Fueron animales exclusivamente euroasiáticos que se extendían desde la Península Ibérica hasta lo que hoy es China. Se podrían describir como una especie de mezcla entre ciervos y jirafas. “Nuestros resultados señalan que ambos grupos de rumiantes comparten un ancestro común que no lo es de ningún otro rumiante. Ambas líneas evolutivas, que juntas forman un gran grupo al que hemos llamado Giraffomorpha (los rumiantes con aspecto de jirafa), se separaron hace mucho tiempo, hace unos 27 millones de años. Xenokeryx no sólo nos ha permitido saber más acerca del grupo de rumiantes al que pertenece, los paleomerícidos, sino que además nos ha proporcionado datos de gran importancia acerca del origen y la historia temprana de la línea evolutiva de una de las familias de rumiantes más extrañas de la actualidad: las jirafas”, destaca Israel Sánchez, (investigador del Museo Nacional de Ciencias Naturales de Madrid), según ha informado el CSIC.

Apéndice occipital de Xenokeryx. I.M.S.

Apéndice occipital de Xenokeryx. I.M.S.

Los machos de los paleomerícidos tenían grandes colmillos y un par de osiconos, un tipo especial de cuerno o apéndice craneal cubierto de pelo, sobre los ojos, igual que las jirafas actuales. Lo más extraño de su anatomía era una estructura ósea bifurcada que les sobresalía de la parte posterior del cráneo a modo de peineta. La función de este apéndice occipital sigue siendo un misterio para los paleontólogos. “A lo largo de los últimos años ha existido una tendencia a pensar que sus parientes más cercanos eran los dromomerícidos norteamericanos (ancestros de los ciervos), los otros rumiantes con moño. Un problema añadido a la complicada anatomía de los paleomerícidos es que su registro fósil es escaso y bastante fragmentario. Sus fósiles suelen aparecer en los yacimientos, pero es raro que sean abundantes”, explica el investigador.

Para analizar los datos anatómicos de Xenokeryx y comprobar cuál de las hipótesis evolutivas propuestas hasta ahora era la más acertada, los científicos han utilizado un análisis que compara la morfología de Xenokeryx y otros paleomerícidos con la de todos los grupos de rumiantes conocidos. Además, han añadido información de secuencias de ADN de los grupos actuales al modelo. El trabajo, publicado en PLOS ONE bajo el título “Systematics and Evolution of the Miocene Three-Horned Palaeomerycid Ruminants (Mammalia, Cetartiodactyla)”, propone que los apéndices craneales de los rumiantes aparecieron mucho antes del registro más antiguo. Otra novedad es que el pariente más cercano de los paleomerícidos, que sólo vivieron en Eurasia, es un rumiante africano llamado Propalaeoryx. “Por tanto, la relación histórica de los jirafomorfos con África es profunda y compleja, además de antigua”, concluye López Cantalapiedra, investigador en el Museo de Historia Natural de Berlín.

Pliobates cataloniae, un nuevo primate del Mioceno con un nexo común entre gibones y humanos

Un equipo de investigadores del Institut Català de Paleontologia Miquel Crusafont (ICP) ha descrito un nuevo género y especie de primate, Pliobates cataloniae, a partir de un esqueleto procedente del vertedero de Can Mata (en Cataluña). Los restos corresponden a una hembra adulta a la que los paleontólogos han llamado “Laia”. Pesaba unos 4-5 kilos, se alimentaba de frutos blandos, trepaba por las copas de los árboles y podía colgarse de las ramas. Tiene 11,6 millones de años y, en términos de parentesco, apenas precede la divergencia entre los homínidos (grandes simios antropomorfos y humanos) y los hilobátidos (gibones), por lo que tiene importantes implicaciones para reconstruir el último ancestro común de ambos grupos.

Hace 17 millones años, los hominoideos se separaron en dos ramas evolutivas. En una, los gibones; y en otra, los grandes simios: gorilas, chimpancés, orangutanes y humanos. La zona del vertedero catalán de Can Mata era hace 12 millones de años un bosque cerrado con un clima cálido y húmedo y temperaturas subtropicales, más elevadas que las actuales. Este ecosistema favoreció una gran diversidad faunística, como lo atestiguan las más de 75 especies de mamíferos encontrados en la zona y los 70.000 restos fósiles registrados de 2002 a 2014, según informan desde ICP.

Húmero, radio y cúbito de Pliobates cataloniae.ICP

Húmero, radio y cúbito de Pliobates cataloniae.ICP

Los análisis filogenéticos de los fósiles de “Laia”, entre los que destacan buena parte del cráneo y la dentición, y una parte del brazo izquierdo que incluye articulaciones del codo y la muñeca, revelan en Science (en el artículo Miocene small-bodied ape from Eurasia sheds light on hominoid evolution”) que la especie es posterior a la separación entre monos y antropomorfos, pero anterior a la separación entre gibones y homínidos.

El hallazgo cambia radicalmente el modelo aceptado hasta ahora sobre el ancestro de los hilobátidos y los homínidos, además de proporcionar pistas muy sólidas sobre el origen de los gibones actuales. “El origen de los gibones es un misterio debido a la falta de registro fósil, pero hasta ahora la mayoría de científicos pensaban que su último antepasado común con los homínidos debía ser de gran tamaño, ya que todos los hominoideos fósiles indudables encontrados hasta ahora lo eran”, explica David M. Alba, el investigador del ICP. Hasta la descripción de Pliobates, todos los simios fósiles de tamaño pequeño (entre 5 y 15 kilos) que se habían encontrado tenían una estructura corporal demasiado primitiva para tener una relación de parentesco estrecha con los hominoideos actuales. “Este hallazgo lo trastoca todo”, afirma. Así, sugiere que el último ancestro común de los hominoideos actuales podría haber sido más similar a los gibones que a los grandes antropomorfos actuales.

Una nueva morsa de Japón muestra la diversificación de su familia en el Mioceno

La morsa es el único miembro vivo de la familia Odobenidae, aunque este grupo era mucho más diverso en el pasado. Se conocen, al menos, 20 especies fósiles de morsa y ahora se suma a la lista otro género y especie más: Archaeodobenus akamatsui. Esta criatura habitó las tierras que hoy componen la isla de Hokkaido, al norte de Japón, a finales del Mioceno Tardío (10-9,5 millones de años).

En el estudio “A New Late Miocene Odobenid (Mammalia: Carnivora) from Hokkaido, Japan Suggests Rapid Diversification of Basal Miocene Odobenids”, publicado ayer en PLOS ONE, los investigadores Yoshihiro Tanaka y Naoki Kohno analizan los restos encontrados de Archaeodobenus akamatsui (parte del cráneo, mandíbulas, algunas vértebras y algunos huesos de los apéndices). Aunque el esqueleto parcial hallado comparte características con otra morsa fósil descubierta en 2006 en el mismo área, Pseudotaria muramotoi, la nueva especie presenta rasgos distintos y mantiene otros de odobénidos arcaicos.

Los investigadores estiman que este animal midió tres metros de longitud y pesó entre 390 y 473 kilos. No tenía los característicos colmillos largos de las morsas actuales. Los suyos sólo medían 86,3 milímetros.

Archaeodobenus akamatsui y Pseudotaria muramotoi compartieron época y lugar. La alteración del nivel del mar podría explicar cómo se diversificaron ambas especies, según los autores. Hace unos 12,5-10,5 millones de años, cayó el nivel del mar en el Pacífico Norte occidental , lo que provocó un cambio en el entorno y la consiguiente diferenciación de las especies. Además, este hecho apunta a que las morsas se diversificaron unos cinco millones de años antes de lo que se pensaba.

El origen del “falso pulgar” de los osos panda

Los osos panda son conocidos por alimentarse de bambú. Para conseguir este alimento, estos osos (tanto el panda gigante como el rojo) presentan una estructura icónica desde el punto de vista evolutivo: un “falso pulgar”, un sexto dedo con el que agarran las ramas. Un equipo internacional de paleontólogos ha estudiado el origen de esta adaptación anatómica basándose en el estudio de los restos fósiles del Indarctos arctoides, una especie de oso del Mioceno que muestra la primera evidencia de la capacidad prensil de este grupo de mamíferos carnívoros.

El equipo concluye que el uso de esta estructura que presentan las dos especies de panda actuales se puede explicar como un fenómeno de “exaptación convergente”, cuando un carácter primitivo permitió que, de manera independiente, las dos especies se especializaran en el bambú como única fuente de alimento. Así se detalla en la investigación “Tracing the origin of the panda’s thumb”, publicada en The Science of Nature

La función locomotora del dedo se sustituyó por la de alimentación. MNCN-CSIC

La función locomotora del dedo se sustituyó por la de alimentación. MNCN-CSIC

El pulgar estaba presente en el ancestro común y la capacidad de procesar el bambú sería la nueva función. Comer hojas de bambú evitó la competencia por los recursos alimenticios con otras especies más generalistas. Los investigadores han estudiado el origen de esta estructura a partir de fósiles de Indarctos arctoides hallados en el Cerro de los Batallones (Madrid) y que tienen una antigüedad de unos 9 millones de años. El estudio concluye que este falso pulgar, ya estaba bien desarrollado en los miembros más antiguos de los ailuropodinos, grupo al que pertenece el panda gigante actual y también el Indarctos arctoides.

El pulgar no es anatómicamente un dedo sino que está constituido por un hueso llamado sesamoideo radial que, en muchos carnívoros, es sólo un pequeño componente de la muñeca. En el panda rojo y, sobre todo, en el panda gigante, este hueso es casi tan largo como los huesos metapodiales de los verdaderos dedos y pueden hacer un movimiento de pinza gracias al complejo músculo esquelético que presentan.

A medida que las especies de oso fueron aumentando de tamaño en el pasado y el dedo perdió su función locomotora, el sesamoideo se fue haciendo pequeño en todas las especies de carnívoros de vida terrestre, excepto en aquellas que lo empezaron a utilizar para alimentarse de plantas, como es el caso de los antepasados del panda gigante.

En esta investigación han participado científicos del Institut Català de Paleontologia Miquel Crusafont (ICP), el Museo Nacional de Ciencias Naturales (MNCN-­CSIC), el Instituto de Geociencias IGEO (CSIC, UCM), la Universidad Complutense de Madrid, la Universidad de Málaga, la Universidad Estatal Península de Santa Elena (Ecuador), la Universidad de Valencia y el Museo Argentino de Ciencias Naturales.

El “falso pulgar” contra los creacionistas

El biólogo evolutivo, paleontólogo y divulgador científico Stephen Jay Gould presentaba (en una obra de 1980 llamada “El pulgar del panda”) esta estructura como un ejemplo en contra de los que defendían el creacionismo y las teorías del diseño inteligente sobre la aparición y evolución de las especies. Argumentaba que, si bien el ojo de los mamíferos es una estructura tan perfecta que puede hacer pensar algunos que hay un “diseñador” detrás, el pulgar del panda no deja de ser una muestra de una “imperfección”, donde una estructura cambia su función por otra de una forma más o menos torpe. Según Gould, el pulgar del panda era la evidencia de que no había un creador.

Reconstruyen las relaciones de parentesco de una especie de tejón que vivió hace 9 millones de años

Un equipo multidisciplinar internacional de investigadores ha descrito los primeros fósiles craneales de una especie de depredador carnívoro de hace nueve millones de años. En concreto, han descrito el cráneo y la mandíbula más completos del mustélido (familia que incluye comadrejas, hurones o nutrias) gigante Eomellivora piveteaui, cuyas piezas fueron encontradas en el Cerro de los Batallones (Madrid).

El buen estado de los fósiles ha permitido hacer un estudio de las relaciones de parentesco, según se muestra en la investigación “Complete description of the skull and mandible of the giant mustelid Eomellivora piveteaui Ozansoy, 1965 (Mammalia, Carnivora, Mustelidae), from Batallones (MN10), late Miocene (Madrid, Spain)”, publicada en Journal of Vertebrate Paleontology. En el estudio se demuestra la existencia de cuatro especies dentro del género Eomellivora y, además, que el pariente vivo más cercano es el actual tejón de la miel, el Mellivora capensis. 

Con ayuda de un escáner láser superficial portátil, los investigadores han creado modelos virtuales tridimensionales de los fósiles que, además de imprimirse, pueden visualizarse desde un archivo pdf y aportan información complementaria a la fotografía clásica.

Modelos virtuales 3D de la mandíbula y cráneo. ICP

Modelos virtuales 3D de la mandíbula y cráneo. ICP

Eomellivora piveteaui, una especie que se describió por primera vez en 1965 a partir de restos muy fragmentados, era un animal carnívoro y voraz del tamaño de un pastor alemán. Su capacidad de romper huesos lo convertía en un depredador muy versátil y activo de la fauna del Mioceno Superior. Seguramente, pudo repeler el ataque de hienas o leones o haber plantado cara a los grandes tigres dientes de sable de su entorno, según explican los autores.

En esta investigación han participado investigadores del Instituto de Geociencias IGEO (CSIC, UCM), la Universidad Complutense de Madrid, el Museo Nacional de Ciencias Naturales (MNCN‐CSIC), la Universidad Estatal Península de Santa Elena (Ecuador), el Institut Català de Paleontologia Miquel Crusafont y la Universidad de Carolina del Sur (EE.UU.)

Las raíces del género Mystacina de murciélagos se remontan a hace 16 millones de años en Nueva Zelanda

Pesaba 40 gramos y podía caminar utilizando sus cuatro extremidades. Son dos de las características del Mystacina miocenalis, una nueva especie de murciélago encontrada en Nueva Zelanda y que vivió a comienzos del Mioceno (hace entre 16 y 19 millones de años) en una zona templada de bosque subtropical.

Este animal está emparentado con la especie Mystacina tuberculata, que todavía habita en Nueva Zelanda y es conocida por excavar túneles y cavidades. Sus dientes son parecidos, por lo que la dieta del murciélago prehistórico pudo basarse en néctar, polen, fruta e insectos. Eso sí, la especie extinta es hasta tres veces más grande que sus parientes actuales. Esto podría indicar que apenas cazaba al vuelo y se dedicaba a atrapar presas en el suelo y a comer frutas más grandes.

El descubrimiento, detallado en PLOS One bajo el título “Miocene Fossils Reveal Ancient Roots for New Zealand’s Endemic Mystacina (Chiroptera) and Its Rainforest Habitat”, es importante porque revela la presencia en el país de los murciélagos del género Mystacina durante, al menos, 16 millones de años. Hasta ahora, el registro fósil más antiguo encontrado tenía una antigüedad de 17.500 años.

Según explica la Universidad de Nueva Gales del Sur (UNSW), los únicos mamíferos terrestres endémicos de Nueva Zelanda son tres especies de murciélagos, siendo dos del género Mystacina (aunque la especie Mystacina robusta podría estar extinta porque no se avista desde la década de los 60).

El istmo de Panamá tiene 13 millones de años

Mediante un minucioso trabajo de reconstrucción de procedencia de rocas, un grupo de científicos de varias universidades de Colombia han determinado que la extensión del istmo de Panamá no se habría dado hace 3 millones de años (Plioceno) como se pensaba, sino entre 13 y 15 millones de años antes (Mioceno).

Además de construir una nueva teoría que replantea la edad del istmo de Panamá, esta investigación (publicada en Science con el título de Middle Miocene closure of the Central American Seaway) puede replantear las ideas que se tienen sobre la forma en que la vida migró entre los dos hemisferios.

Según ha dado a conocer la Universidad Nacional de Colombia, en la historia geológica de Sudamérica  ocurrió algo que hizo que entre 25 y 48 millones de años no hubiese volcanes, que son los que pueden dar origen al circón, conocido como el reloj geológico más resistente (y uno de los minerales más antiguos de la Tierra). “Lo curioso es que encontramos este mineral en el registro de antiguos ríos en el norte de Colombia, por lo que consideramos que éstos debieron haber llegado desde Panamá”, explica el profesor de la U.N. Agustín Cardona Molina.

El análisis se llevó a cabo en el valle inferior del Magdalena (Depresión Momposina) y se realizaron muestreos en Santa Fe de Antioquia y San Jerónimo. En estos lugares, los investigadores extrajeron las muestras de roca, labor que incluye tareas como molerlas manualmente para evitar su contaminación, explica Sebastián Zapata, estudiante de la Maestría en Recursos Minerales de la Facultad de Minas de la U.N. “Luego, las muestras se batean para concentrar los minerales que se buscan y sacar los granos. Estos se montan en un bálsamo especial para el laboratorio y se les hace un análisis isotópico, que permite conocer la edad de cada uno. A partir de dicha información, se comparan hasta encontrar los lugares de origen”, detalla Zapata.

La “Musaraña del terror” habitó el Vallès-Penedès sin apenas evolucionar durante 3 millones de años

Dinosorex, un pequeño mamífero insectívoro conocido como la “Musaraña del terror” (debido su tamaño corporal y a sus enormes dientes incisivos) vivió en la cuenca del Vallès-Penedès durante más de tres millones de años sin presentar cambios morfológicos. Es la primera vez que este género del Mioceno se reporta en el suroeste de Europa. Su extinción está relacionada con un cambio climático hace 9.6 millones de años.

Marc Furió, investigador del Institut Català de Paleontologia Miquel Crusafont (ICP), ha analizado en detalle los restos de este animal y ha publicado, conjuntamente con dos investigadores de Francia y Holanda, sus conclusiones en la revista especializada Comptes Rendus Palevol bajo el título “Three million years of “Terror-Shrew” (Dinosorex, Eulipotyphla, Mammalia) in the Miocene of the Vallès-Penedès Basin (Barcelona, Spain)”.

Hasta la fecha, esta especie sólo se había hallado en yacimientos de Ucrania, Polonia y Moldavia. Pero, en esta zona de Cataluña, se han recuperado casi medio millar de piezas de Dinosorex repartidas entre más de 40 puntos, que incluyen desde el yacimiento de Can Llobateres (Sabadell) hasta el Vertedero de Can Mata (Hostalets de Pierola) pasando por el yacimiento de Castell de Barberà, entre otros. Como sucede a menudo en el registro fósil con los mamíferos de pequeño tamaño, la mayoría de restos encontrados corresponden a dientes, según ha informado el ICP.

reconstruccion Mioceno

Paisaje del Mioceno en la cuenca del Vallès-Penedès antes de la Crisis del Vallesiense. ICP / Oscar Sanisidro

Desde un punto de vista evolutivo, es notable que durante tres millones de años, no hay cambios de tamaño ni morfológicos aparentes, algo bastante excepcional entre los micromamíferos, ya que éstos suelen presentar tasas de mutación elevadas.

Si bien esta especie se mantuvo sin cambios durante un periodo largo de tiempo, su final podría haber sido bastante abrupto. Los últimos registros de Dinosorex en la cuenca del Vallès-Penedès son de hace 9.6 millones de años, fecha que coincide con un cambio importante en la fauna conocido como la “Crisis del Vallesiense”, donde las grandes masas boscosas fueran sustituidas por bosques secos y abiertos y praderas. Supuso la extinción de varias especies de mamíferos que habían sido característicos de los ambientes de bosque subtropical del Mioceno. Entre las víctimas de esta crisis, encontramos los homínidos, las ardillas voladoras y los lirones. A cambio, llegaron nuevas especies como jirafas o antílopes.

Describen un gran perezoso que habitó en la costa de Venezuela en el Mioceno

“La bestia de piernas largas que vagaba por la playa”. Este es el nombre que un grupo de investigadores del Instituto Venezolano de Investigaciones Científicas (IVIC) ha otorgado a una nueva especie y género de perezoso gigante del Mioceno Superior: el Eionaletherium tanycnemius.

Pero esta criatura resulta algo extraña, ya que conserva caracteres primitivos ausentes en perezosos de la misma época y lugar (la Formación Urumaco, al noroeste de Venezuela), cuando el resto de su linaje exhibía características morfológicas más avanzadas.

Por ejemplo, la tibia es tan alargada como el fémur, cuando lo normal es que sea más corta si el animal es bípedo (para alcanzar su comida en los árboles). Además, el fémur es más plano, pues el tercer trocánter (una protuberancia ósea que algunos huesos largos poseen en su extremidad superior) se encuentra hacia la mitad de la longitud total del fémur, según puede leerse en el estudio “A new enigmatic Late Miocene mylodontoid sloth from northern South America”, publicado en The Royal Society.

Actualmente, el fémur y la tibia de focas y castores son similares a las halladas en estos fósiles. Por eso, los paleontólogos creen que este pesado perezoso, de una tonelada de peso, era cuadrúpedo y vivía en zonas costeras, aunque no era acuático (porque no tiene engrosamiento en la corteza de los huesos). De hecho, a su alrededor se han encontrado restos de moluscos rotos, tortugas y cocodrilos. Incluso, los paleontólogos estiman que el Eionaletherium tanycnemius hallado fue víctima de un gran cocodrilo, que se alimentó de su cabeza y tronco.

Madrid albergaba la tortuga mayor que habitó en Europa entre el Mioceno y Pleistoceno

Gracias al análisis de los fondos de las colecciones del Museo Nacional de Ciencias Naturales (MNCN-CSIC), investigadores de la UNED y la Aristotle University of Thessaloniki (Grecia) han descrito un nuevo género de tortuga terrestre que vivió en Europa entre el Mioceno y el Pleistoceno (desde hace unos 20 millones de años hasta hace menos de dos millones). Los investigadores han estudiado el material paleontológico encontrado durante el primer tercio del siglo XX en Madrid, que permanecía sin revisar en el MNCN desde la Guerra Civil española.

Caparazón de Titanochelon bolivari hallado en Vallecas en 1906

Caparazón de Titanochelon bolivari hallado en Vallecas en 1906. MNCN.

Titanochelon es el nombre del género descrito, que engloba a todas las tortugas terrestres de gran tamaño que poblaron Europa y la región occidental de Asia. Su caparazón medía entre uno y dos metros y era relativamente bajo pero ancho, según ha informado hoy el MNCN. Las extremidades de este animal eran muy robustas y estaban cubiertas por grandes escamas osificadas, a modo de coraza protectora. “No se trata de una tortuga cualquiera sino de la mayor que habitó en Europa, con un tamaño que podía exceder de manera notoria al de las tortugas terrestres que actualmente habitan en las Islas Galápagos”, comenta el miembro del grupo de Biología Evolutiva de la UNED e investigador de la Universidad de Lisboa Adán Pérez- García.

“Este trabajo ha permitido establecer la tortuga española, Titanochelon bolivari, de la que conservamos abundante material, como la especie tipo que sirve para describir a todas las especies que forman parte del nuevo género”, comenta Patricia Pérez Dios, conservadora de la colección de paleontología de vertebrados del MNCN. Los científicos han podido establecer, gracias al análisis de caparazones, cráneos y extremidades, que en España habitaba una tortuga diferente a la registrada en otros países europeos. Asimismo, el estudio, que se publica en Zoological Journal of the Linnean Society, aporta datos para conocer la relación de parentesco, origen y distribución de las tortugas terrestres gigantes europeas y facilita la clasificación del resto de ejemplares.

El investigador Adán Pérez-García junto a  Titanochelon. MNCN

El investigador Adán Pérez-García junto a Titanochelon. MNCN

El género Cheirogaster, que supuestamente englobaba a las tortugas terrestres medianas y gigantes europeas, ha quedado restringido a una única especie, de menor tamaño (40 centímetros de longitud), que vivió en Francia hace unos 35 millones de años. “Las tortugas gigantes que habitaron Europa y Asia occidental, hace entre unos 20 y dos millones de años, tienen poco que ver con esa tortuga primitiva y pertenecen al nuevo género de tortugas ‘titánicas’, Titanochelon”, ha explicado Pérez-García.

En Madrid hay restos fósiles de tortugas en numerosos yacimientos, algunos de ellos de gran relevancia histórica, como los situados en Vallecas, Ciudad Universitaria o Alcalá de Henares. “Hoy podemos imaginar, con gran precisión anatómica, cómo hace varios millones de años, manadas de tortugas gigantes paseaban por lo que actualmente es la Gran Vía”, concluye el investigador Pérez-García.