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Científicos del MIT prevén la llegada de una nueva extinción masiva

Desde que la Tierra engendró vida, se han producido explosiones de formas y extinciones masivas, sucediéndose en largos períodos de tiempo. Hasta la fecha, los científicos han detectado al menos seis de ellas, la última descubierta en 2015 que se sucedió durante el Pérmico medio.

Conociendo estos precedentes, no son pocos los investigadores que recogen datos en la actualidad para predecir cuándo se producirá la siguiente extinción masiva, y ayudar a prevenirla o revertirla en beneficio del planeta, y claro, del ser humano. Hace tan solo dos años nos hacíamos eco del estudio de la Universidad de Leeds que se sumaba a otros trabajos sobre defaunación actual, y que vaticinaba terribles consecuencias para la humanidad si el ritmo de desaparición de especies no se frenaba.

Ahora, un nuevo estudio pone el acento en el nivel de carbono en la atmósfera. Han sido científicos del Instituto Tecnológico de Massachusets (MIT), quienes alertan de que si se supera un umbral crítico de emisiones de gases de efecto invernadero, el ciclo del carbono de la Tierra se desestabilizará irremediablemente, provocando la desaparición de la mayoría de las especies del planeta. Y no hablan de cientos de años vista. En unos ochenta años las condiciones actuales se habrán intensificado, iniciando el comienzo del fin de la vida tal como la conocemos.

Este pronóstico desalentador parte de un estudio efectuado por Daniel Rothman, profesor de geofísica del Departamento de Ciencias Atmosféricas y Planetarias del MIT y publicado en Science Advances que analiza los cambios más significativos en el ciclo del carbono durante los últimos 540 millones de años, incluyendo los cinco eventos previos de extinción masiva (seguimos defendiendo que han sido seis) y ha identificado los “umbrales de la catástrofe” en el ciclo del carbono que conducirían a un entorno inestable y a la extinción especies en cadena. Los datos actuales muestran una escalada significativa en una escala de tiempo muy corta, con lo que la magnitud del cambio en el ciclo de carbono será lo que impediría a los ecosistemas adaptarse a los cambios debido a la velocidad a la que ocurre. Si no se revierte el ritmo al que las actividades humanas agregan carbono a los océanos, hacia el año 2100 habrá llegado a las 310 gigatoneladas, el nivel crítico que en el pasado convertía el ciclo del carbono en impredecible y que desencadenaba el desastre.

Mientras esto sucede en los océanos, en tierra firme el ritmo de desaparición de especies en la actualidad ya es cien veces mayor a lo que se considera lo normal y saludable. Insistimos una vez más desde Pangea en la importancia de hacer llegar a los gobiernos estos estudios para la toma de decisiones comprometidas con el medio ambiente.

Tortuga gigante que existe desde hace 100 millones de años aparece en una playa española

Una extraordinaria tortuga se ha encontrado varada en una playa de Calella, en Barcelona, midiendo aproximadamente 2 metros y pesando unos 700 kg. La tortuga, que ha aparecido muerta, pertenece a la especie Dermochelys coriacea, la mayor tortuga marina del mundo en la actualidad, que suele vivir en aguas tropicales y subtropicales.

Este hallazgo es sorprendente ya que en 2.000 años se han registrado menos de diez en todo el Mediterráneo, y ésta es la segunda en un mes que puede verse en la zona, por lo que su presencia, según afirma el biólogo Pere Alzina, podría podría significar que la región está siendo un lugar de nidificación de tortugas laúd.

Antes de mostraros el vídeo que recoge el traslado de los restos de la tortuga para su investigación científica, queremos mostraros algo más sobre este especie, su recorrido en el tiempo y recordaros la importancia de mantener los ecosistemas para la perduración de las especies.

Las tortugas Dermochelys existen en nuestro planeta desde hace más de 100 millones de años, teniendo una larga historia evolutiva que se remonta al Cretácico superior de América del Norte y Japón, lo que las hizo convivir con los dinosaurios. Fue durante el Eoceno medio (hace entre 56 y 34 millones de años) cuando estas tortugas fueron reduciendo drásticamente su caparazón, que fue reemplazado por una coraza dérmica formada por osículos de naturaleza epitecal.  A pesar de que la familia Dermochelydae fue un grupo próspero y altamente adaptado a la vida marina, en la actualidad tan sólo queda como estandarte la especie Dermochelys coriacea. En ella aún perviven algunos caracteres primitivos y su tasa metabólica es apróximadamente 3 veces mayor que los reptiles de su tamaño actuales, siendo más similar a los reptiles prehistóricos. La manera en que regula su temperatura también se ha asociado a otros reptiles de gran tamaño, que a pesar de ser ectotermos, se consideran gigantotermos, teniendo una mejor capacidad para mantener una temperatura constante.

Esta tortuga sólo se acerca a las playas a poner huevos, el resto de su vida permanece bajo el mar, a gran profundidad, mucho más que el resto de tortugas marinas. Se alimenta principalmente de medusas, regulando desde la prehistoria la población de estos Cnidaria y permitiendo así la expansión de los peces.

Ahora sí, os dejamos el vídeo del hallazgo de este extraordinario reptil que hoy está en peligro de extinción, sobretodo por la asfixia, al confundir las bolsas de plástico con medusas que son su fuente de alimento, y también por la extracción de petróleo que destruye sus nidos y por la utilización de las playas por los humanos.

Las olas de calor vencieron a los mamuts

Aunque los humanos los cazábamos, fue una serie de episodios cortos y rápidos de altas temperaturas lo que acabó con los mamuts, criaturas tan bien adaptadas al frío que hasta tenían una especie de ‘anticongelante’ en su sangre. Este calentamiento ocurrió al final de la última edad de hielo o Pleistoceno (hace 60.000-12.000 años) y coincide con un periodo de extinciones de numerosas especies, según ha informado la Universidad de Adelaida (Australia).

Los investigadores del nuevo estudio no encuentran evidencias de que se produjeran extinciones durante las épocas de frío extremo. Por el contrario, el calentamiento cambió el patrón de lluvias y afectó a la vegetación. Hace diez años se detectó que hubo una rápida desaparición de grandes animales al final de la última glaciación, según mostraba el ADN hallado en los antiguos huesos. Los científicos pensaban que las intensas olas de frío (que provocaron escasez de hierba) fueron las causantes de este hecho, pero esta conclusión ha dado un vuelco con el hallazgo de más ADN y la mejora de la datación por carbono y de los registros de temperaturas.

Un grupo de investigadores de la Universidad de Adelaida y Nueva Gales del Sur desarrollan este fenómeno en el último número de Science. No obstante, dejan claro que el incremento de la población humana fue la puntilla, el golpe de gracia que terminó con los mamuts y otros grandes mamíferos como el megaterio o el rinoceronte lanudo.

Defaunación: la nueva extinción masiva del planeta, provocada por nosotros

Las últimas y alarmantes noticias de estos días nos han dejado a todos con cierta tristeza, aunque no nos era desconocida. No es la primera vez que los expertos nos recuerdan el impacto que está teniendo sobre la fauna la presencia del ser humano.

Los últimos datos presentados en la revista Science por un grupo de investigadores mexicanos y estadounidenses a partir de la base de datos de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (IUCN), afirman que habrían hecho falta unos 10.000 años para acabar con la vida que ha desaparecido en un solo siglo. El investigador del Instituto de Ecología de la Universidad Nacional Autónoma de México y principal autor del estudio, Gerardo Ceballosy, explica que hemos entrado “en la Sexta Extinción Masiva sin duda alguna”. Desde Pangea apuntamos que es posible que sea la séptima, si se atiende al nuevo hallazgo publicado hace poco y recogido en esta web. Pero este no es el único trabajo que ofrece un análisis global de la tragedia que nos rodea, pues hace varios años se viene avanzando desde distintos centros en esta dirección. Los trabajos existentes hablan de “defaunación” como el proceso de pérdida de especies que podría asemejarse al de deforestación en el mundo vegetal, que también estamos provocando. Y es que eextinciónsta sería la primera vez en la historia de la vida terrestre que una extinción masiva se ve acelerada por la conducta de una sola especie. Y es que los datos de los últimos años son abrumadores: 477 especies de vertebrados terrestres se han extinguido desde el año 1900, siendo los más afectados los anfibios y el resto han sufrido una reducción media del 25% en el número de individuos, lo que en realidad es peor que las extinciones por su efecto en los ecosistemas. El cuadro es aún más oscuro entre los invertebrados, con declives del 45% en la población de dos tercios de las especies que pueden ser examinadas. Además, según distintas estimaciones, entre el 16% y el 33% de todas las especies vivas de vertebrados están amenazadas o “en peligro” de forma global.  El problema no se limita a la extinción de especies enteras, sino que abarca también la desaparición de poblaciones locales y la reducción del número de individuos en cada población.

Quizá uno de los estudios más interesantes fue el presentado por Rodolfo Dirzo, de la Universidad de Stanford en California, y primer autor de una de las revisiones presentadas en la revista Science, titulada escuetamente ‘Defaunación en el antropoceno’. El antropoceno no es un periodo geológico convencional, pero expertos en química atmosférica como el premio Nobel Paul Crutzen lo han adoptado para denominar la época en que la actividad humana ha emrinoceronteblancopezado a generar efectos globales. Dirzo y sus colegas consideraron que el antropoceno empezó hace unos 500 años, aunque hay otras opiniones acerca de la fecha, todos coinciden en que los humanos han desencadenado una ola de extinción, amenaza y declive de las poblaciones locales de animales que puede ser comparable, tanto en velocidad como en magnitud, con las cinco previas extinciones masivas de la historia de la Tierra.

En todos está que la situación se ralentice hasta que se encuentre un modo de vida compatible con el mantenimiento de la biodiversidad. El equipo de Pangea, además de colaborar con diferentes asociaciones de recuperación de especies como FAPAS o la Fundación Oso Pardo, ha apadrinado gracias a las ventas de la última revista, a la tigresa blanca Pandora de la Fundación Santillana y os anima a todos los verdaderos amantes de la vida a tomar acciones que ayuden a revertir esta situación.

Se descubre la existencia de una sexta extinción masiva

La Tierra ha conocido cinco grandes extinciones desde que se originó la vida en el Cámbrico. O eso es lo que hasta ahora pensaban los paleontólogos.

David P. G. Bond, paleontólogo de la Universidad de Hull en el Reino Unido,  ha publicado los resultados de su estudio en el boletín de la Geological Society of America. Según el estudio, parece haber existido una gran extinción global producida hace unos 260 millones de años, en el final de la era geológica del Captiense, antes de la extinción del final del Pérmico que dio inicio a la Era de los Dinosaurios.

Hasta ahora, únicamente había rastro de esa crisis en latitudes ecuatoriales y se planteaba la posibilidad de que fuese un evento regional. Sin embargo, el nuevo estudio ofrece evidencias de mortandad masiva en aguas frías y profundas en lo que hoy es Spitsbergen, la isla más grande del archipiélago de Svalbard en la costa Noruega en el Océano Ártico. Combinar este hallazgo con la evidencia previa en el mismo período, sugiere que las dos regiones estaban experimentando los mismos cambios en la química del océano al mismo tiempo y se podría hablar de una catástrofe a nivel mundial.

El posible desencadenante sería un conjunto de antiguas erupciones volcánicas en China, que se solidificó en rocas llamadas las Trampas Emeishan. Los basaltos de inundación habrían liberado enormes cantidades de azufre y dióxido de carbono, lo que puede causar un enfriamiento global rápido seguido de un período de calentamiento global. Los gases también podrían haber impulsado la acidificación y el agotamiento del oxígeno en los océanos, lo que puede verse en la pérdida generalizada de carbonatos.

Bond afirma que los nuevos datos consolidan la crisis del Pérmico Medio como una verdadera “extinción masiva” que debería incluirse en el Big 5. Esto implicaría que se produjo una crisis global solo ocho millones de años antes de otra gran crisis global, lo que produce ciertas dudas sobre si se trató de una tendencia gradual en el camino a la extinción del final del Pérmico. Pero Bond lo niega, pues en los estratos puede verse que la mayoría de los foraminíferos y muchas especies de braquiópodos fueron exterminados para luego recuperarse antes de la nueva extincion. El equipo señala también que los cambios similares en los niveles de isótopos se produjeron en las dos partes del mundo al mismo tiempo. Desgraciadamente, los sistemas de datación isotópica son demasiado inciertos para proporcionar una fecha absoluta útil.

Bond está estudiando ahora los registros fósiles en Rusia y Groenlandia que podrían consolidar más sus argumentos de un desastre globalizado. Será interesante conocer más datos sobre este proceso enigmático en la historia de la Tierra.

¿POR QUÉ ALGUNAS ESPECIES “NO EVOLUCIONAN”?

TODAS LAS ESPECIES DE LA TIERRA TIENEN LA CAPACIDAD DE EVOLUCIONAR, SIN EMBARGO, ALGUNAS DE ELLAS PARECEN MANTENERSE INVARIABLES DURANTE MILLONES DE AÑOS. EN PANGEA NOS PREGUNTAMOS POR QUÉ

Todas las especies que existen en el planeta se transforman continuamente, pues ésta es una propiedad inherente en los seres vivos. Esta capacidad para cambiar, ha permitido que las especies se adapten a nuevos entornos, incluso bajo condiciones extremas, pero no siempre el cambio se ha producido con la rapidez y la eficiencia necesarias, de hecho, más del 90% de las especies que han existido alguna vez sobre la tierra, se han extinguido.

Hasta hace unas décadas, la creencia general era que los dinosaurios habían desaparecido completamente al final del periodo Cretácico, pero hoy, la ciencia ha descubierto que varios grupos evolucionaron hasta convertirse en las aves que surcan los cielos en nuestros días. Su éxito parece asociado a la disminución de su tamaño, y al hecho de que las alas les permitieron encontrar nuevos hábitats y mejores refugios. Mientras nosotros no éramos más que diminutos mamíferos que habitaban madrigueras, los dinosaurios ya llevaban millones de años evolucionando en formas y tamaños muy dispares. Sin embargo, la evolución anatómica de los mamíferos también vivió su momento de explosión, y fue en el período inmediatamente posterior al de la Era Mesozoica.

El trabajo que llevan a cabo paleontólogos, biólogos, geólogos o arqueólogos, nos permite ver estos cambios a través de los siglos. Sin embargo, conocemos especies que mantienen su anatomía  intacta desde hace millones de años. Animales marinos como el tiburón, insectos como las hormigas o las abejas, plantas como los helechos o las algas verdes, reptiles como los cocodrilos, o mamíferos como las musarañas y otros pequeños roedores, se han mantenido con el mismo diseño durante millones de años. Han convivido y compartido entornos con otros grupos de animales que han desaparecido o variado notablemente su anatomía, mientras estos curiosos especímenes se han mantenido invariables. ¿A qué se debe esto?

Los científicos han estudiado que todas las especies sufren mutaciones aleatorias, pero no todas las mutaciones se mantienen en el tiempo. Sólo perduran aquellas que suponen una mejora para la adaptación al entorno. ¿Esto significa que una especie perfectamente lagoalbafernandezadaptada al entorno no debería variar? Probablemente varíe poco, o sufra variaciones menos notables. Los factores que potencian el cambio evolutivo en una especie son el aislamiento geográfico, la alteración de las condiciones ambientales, o un tamaño muy reducido en un grupo. En cambio, los estudios reflejan que un entorno estable, alejado de cambios importantes, un equilibrio de los recursos (esto es, ni exceso ni carencia alimenticia) y grupos numerosos, favorecen la continuidad de un diseño. Sin embargo, no debemos olvidar otros factores de cambio inherentes al carácter de las especies. Hay cambios importantes que se producen por la necesidad de aparearse. Ser un ejemplar más llamativo puede suponer un éxito mayor en su grupo. Por esta razón, muchas especies van desarrollando complejos ornamentos que nada tienen que ver con la mejora de sus capacidades, incluso pueden llegar a estorbarles o requerir de atención y cuidados específicos. La curiosidad, y no solo la necesidad, es otro factor que ha llevado a algunas especies a variar comportamientos o explorar nuevos territorios. Muchos grupos de mamíferos, peces o aves, han adquirido hábitos migratorios, y con ello han colonizado muchos hábitats. Explorar nuevos territorios, provoca cambios importantes.

Entonces, parece claro que una vez que se encuentra el “diseño perfecto” según las necesidades de una especie, esa especie podría mantenerse apenas invariable durante millones de años. Sin embargo, ni siquiera las formas bien adaptadas están exentas de sufrir enfermedades, invasiones de otras especies, o cataclismos que las extingan. Casi podría decirse que las especies que viven hoy habiendo mantenido su anatomía sin apenas variaciones en el tiempo, lo han hecho por un grupo de casualidades que las han favorecido para permanecer así.

En la ilustración, un pequeño roedor observa una escena durante el Cretácico. De esta pintura deberían desaparecer los pterosaurios, los tyranosaurios, los pequeños terópodos y los saurópodos. Solo la hormiga en primer plano, el roedor y los pequeños terópodos alados que corretean por la pradera sobrevivirán a la extinción. La ilustración podréis encontrarla a gran tamaño en el núm. 3 de Pangea.

 

La expansión de los bosques caducifolios, fruto del meteorito que acabó con los dinosaurios

Cuando un meteorito de 10 kilómetros de diámetro impactó contra la Tierra hace cerca de 66 millones de años, no todas las especies tuvieron las mismas oportunidades de sobrevivir a las condiciones post-apocalípticas que se sucedieron. Si los mamíferos triunfaron en detrimento de los dinosaurios no aviarios, fueron los árboles de hoja perenne los que se vieron diezmados frente a la vegetación caducifolia. La hipótesis lanzada por investigadores de la Universidad de Arizona es que las propiedades de las plantas de hoja caduca hacen que éstas puedan responder rápidamente a las condiciones variables del clima. Por eso, tras el impacto, las angioespermas de hoja caduca, que crecían rápido, reemplazaron a la flora de hoja perenne, cuyo crecimiento suele ser más lento.

Así se desprende del estudio “Plant Ecological Strategies Shift Across the Cretaceous–Paleogene Boundary” publicado recientemente en la revista científica Plos Biology. Los investigadores han evaluado más de mil hojas fosilizadas depositadas en lo que hoy es Dakota del Norte durante 2,2 millones de años, incluyendo el momento del desastre que acabó con más de la mitad de las especies botánicas que vivían en ese momento. En los 1,4 millones de años previos al impacto del meteorito, las distintas especies de plantas con flores que habitaban en el ecosistema tenían hojas más gruesas, más pesadas y con menos venas que las de la flora que vivía 800.000 años después del impacto.

La hoja caduca tiene que ser reemplazada cada año y es menos resistente que la perenne, pero los bosques caducifolios absorben dióxido de carbono más rápido que los perennifolios. La estrategia de “vive rápido, muere joven” fue la más eficaz en un escenario de enormes terremotos, incendios, maremotos y erupciones volcánicas, según el paleontólogo Benjamin Blonder (al frente del estudio), y determinó cómo sería la vegetación predominante a partir de entonces.