Huellas de hace 230 millones de años viajaron de Pamplona a Madrid en 1876

Debemos “llegar al conocimiento de un hecho que, por su novedad en la palentología patria, merece ocuparse de él con todo el detenimiento y prolijidad que su importancia reclama”. Aretillo y Larrinaga, 1876.

Hace 230 millones de años, Navarra formaba parte de un conjunto de islas, y en ellas habitaban animales prehistóricos como los arcosaurios. En zonas calcáreas, como la Cendea de Iza o el Valle de Ollo, probablemente se encontraba la costa. Esas zonas se convirtieron en cantera y de allí pudo salir la piedra o las losas con las que se pavimentó la plaza del Castillo a mediados de 1800.

Todo comenzó a finales de noviembre del pasado año 2014, cuando Koldo Villalba, guía naturalístico de la empresa Itarinatura de Orbaizeta (Valle de Aezkoa), visitó el Museo Nacional de Ciencias Naturales de Madrid y comprobó cómo en la Sala de Paleontología del centro nacional se exhibían huellas de arcosaurios triásicos (un reptil primitivo cuadrúpedo antecesor de cocodrilos, pterodáctilos, dinosaurios y aves). Hasta aquí todo normal, salvo cuando leyó que la losa que contenía esas huellas estaba extraída de la plaza del Castillo de Pamplona, lo que llamó poderosamente su atención.

A través de Carmen U., del blog Godzillin, pudo obtener pistas de su origen gracias a un artículo que ella había escrito en 2009 titulado “Huellas con Historia“. Entonces contactó con Adán Pérez García, geólogo-paleontólogo, y éste inició una investigación bajo el título “Huellas de arcosaurios triásicos en la colección de paleontología”. Buscó en los cuadernos de investigación del Museo Nacional de Ciencias Naturales, para ver los primeros descubrimientos de huellas fósiles en España y su incorporación al Museo de Ciencias Naturales, y al fin dio con la clave.

arcosaurio huellas

Un día del año 1876, Alfonso de Aretillo y Larrinaga observó entre las losas que constituían el pavimento de la plaza del Castillo de Pamplona, unas extrañas impresiones producidas por un animal pentadáctilo. Las estudió y pudo atribuirlas a anfibios primitivos de gran tamaño. Concluyó que cuatro de las huellas fueron generadas por un animal en posición de reposo y otra con un desplazamiento en otra dirección.

Resuelto a que la novedad del hallazgo sirviera para la ciencia, trabajó para poder llevarlas al Museo Nacional de Ciencias Naturales y lo logró, donando la losa con mayor número de huellas. (En la fotografía, tomada por Koldo Villalba, se ve el ejemplar MNCN 63705).

El paleontólogo Pérez García ha comentado que ese tipo de huellas fósiles, o icnitas “habían sido descubiertas en varios lugares de Europa, e interpretadas de muy diferentes maneras, atribuyéndose incluso a mamíferos de gran tamaño como osos o simios gigantes”. Son huellas que resultaban muy extrañas en su día, pues tenían cuatro dedos y uno externo que parecía ser un pulgar”. En la cultura popular, estas ideas “alimentaban la mitología sobre extraños y diabólicos seres que poblaron nuestro planeta en tiempos remotos”.

Gracias a Koldo Villalba, que ha colgado el hallazgo en su blog infoselvairati.blogspot.com, todos hemos podido hacernos eco de la presencia en Madrid de estas huellas de arcosaurio pamplonesas, que la mayoría de personas desconocía.

Leave a Reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *