Aparece una tortuga prehistórica gigante sin caparazón

Las tortugas son animales únicos entre los vertebrados, pues son reptiles que han desarrollado un complejo caparazón externo hecho con cerca de 50 huesos entre costillas, vértebras fusionadas, clavícula y escápula. Este caparazón les protege el cuerpo, pero al mismo tiempo es una pesada estructura que restringe sus movimientos. Con todo, los quelonios han colonizado tierra y mar durante más de 200 millones de años.

Su éxito radica, según se creía hasta ahora, en ese caparazón protector. Sin embargo, los científicos han encontrado los restos de una tortuga gigante que carecía de esta protección. Era un ancestro de las tortugas modernas que vivió hace 228 millones de años, en la era de los dinosaurios y medía nada menos que diez metros de longitud.

El hallazgo del animal, que se encuentra casi completo, se ha producido en Guizhou, en el sureste de China. Ha sido bautizado como Eorhynchochelys sinensis que significa “tortuga china del amanecer con un pico”, por la característica estructura del hocico que presentan las tortugas actuales y que ya está presente en Eorhynchochelys.

“Tiene el aspecto de una tortuga pero no tiene caparazón ni en la parte dorsal ni en la parte ventral. El fósil muestra la estructura donde iría el caparazón, pero este está ausente“, ha indicado Nicholas Fraser, coautor del estudio y curador de ciencias naturales en el Museo Nacional de Escocia.

Lo llamativo es que se han encontrado en el mismo yacimiento otros fósiles de tortugas algo posteriores que sí presentan cierto desarrollo del caparazón, como Odontochelys, pero no del hocico, teniendo aún un cráneo angosto y dientes hasta la punta en lugar de pico. Esto indica que la evolución del grupo fue un proceso complejo, no una simple acumulación de las características actuales. Para completar el rompecabezas y entender cómo las tortugas terminaron adoptando la forma corporal que hoy conocermos, es necesario encontrar nuevos fósiles.

El estudio de Eorhynchochelys ha sido publicado en la revista Nature.

Encontrado un lagarto extinto de cuatro ojos

Un equipo internacional de científicos ha revisado un fósil pequeño y fragmentado de un lagarto que vivió hace 49 millones de años. Nombrado como Saniwa ensidens, fue descubierto en 1871 en Grizzly Buttes como parte de la expedición de la Universidad de Yale a la cuenca de Bridger, Wyoming (EE UU).

Este fósil había pasado desapercibido hasta ahora. Gracias al uso de escáneres, los científicos han identificado algo extraordinario: el animal presentaba un tercer y cuarto ojo en la parte superior de la cabeza. En  la actualidad, algunas ranas o lagartijas presentan un tercer ojo, pero es la primera vez que se encuentra este rasgo en un vertebrado con mandíbula.

Estos ojos “extras” son estructuras sensibles a la luz que pueden desempeñar funciones claves en la orientación geográfica y los ciclos circadianos de estos animales, y que proporcionan habilidades extraordinarias como sentir la polarización de la luz y orientarse.

Los científicos analizaron especímenes descubiertos hace 150 en otros museos y comprobaron que varios fósiles tenían el espacio para el cuarto ojo.

“Pensábamos que el tercer ojo había ido desapareciendo de manera independiente en muchos grupos de vertebrados, como mamíferos y aves, y que solo se conservó en lagartos entre los vertebrados terrestres”, dice Krister Smith, del Instituto de Investigación Senckenberg en Alemania. “Al descubrir un lagarto de cuatro ojos, en el que los órganos pineales y parapineales formaban un solo ojo en la parte superior de la cabeza, pudimos confirmar que el tercer ojo de los lagartos es realmente diferente del tercer ojo de otros vertebrados con mandíbula”. Ahora, el hallazgo ha sido publicado en la revista Current Biology, y ayudará a dilucidar la historia evolutiva de estos órganos y sus funciones en animales vivos.

Los reptiles se mutilaban ellos mismos durante el Tirásico

Por todos es sabido que los lagartos, algunas serpientes y agamas modernas son capaces de desprenderse de su cola como mecanismo de defensa en caso de sufrir un ataque. La separación de la cola no supone  un riesgo para su vida, pues puede separarse entre una grieta ya existente o entre vértebras adyacentes, siempre volviendo a desarrollarse al poco tiempo, si bien no alcanza el tamaño original.

La paleontología se había preguntado en qué momento surgió este mecanismo de defensa, habiendo estudiado a  los reptiles prehistóricos Captorhinus, identificado lo que parecían ser grietas en las vértebras de la cola de algunos especímenes, pero no se había podido confirmar hasta ahora.

Ha sido un equipo de paleontólogos de la Universidad de Toronto, Canadá, dirigido por el profesor Robert Reisz, quien decidió estudiar a estos reptiles primitivos con mayor detalle. Gracias a la colección del Museo Real de Ontario, se pudo seleccionar 70 vértebras de Captorhinus de unos 289-286 millones de años, conjuntamente con vértebras de otros pararreptiles y sinápsidos coetáneos. Así, se ha podido determinar que existen grietas entre la sexta, séptima u octava vértebra de la cola, como sucede con los lepidosaurios modernos. El equipo también descubrió que la separación de la cola ante un ataque de depredadores era más fácil para los reptiles juveniles, ya que tenían grietas bien formadas para huir con mayor eficacia y poder así llegar a la edad adulta.

En la imagen, vertebras de la cola con las características grietas.
A. R. H. LeBlanc et al. / Scientific Reports, 2018

A pesar de haber identificado claramente en los captorínidos las grietas que permitían esta estrategia de defensa, el equipo científico no encontró ninguna grieta en las vértebras de otros grupos de reptiles y sinápsidos coetáneos que también formaban parte del estudio. Es por ello que se ha concluido que los Captorhinus fueron el primer grupo de reptiles que aprendió a separar su cola. Al extinguirse este grupo de reptiles hace unos 251 millones de años, es probable que este rasgo desapareciera con ellos, hasta que volvió a desarrollarse como estrategia evolutiva nuevamente en los lepidosaurios modernos. El estudio ha sido publicado en Scientific Reports.

La inesperada causa de muerte de los antiguos reptiles marinos

Los seres humanos enfrentamos una amenaza al sumergirnos en las profundidades oceánicas con demasiada rapidez, llamada la “enfermedad de la descompresión”. Esto se produce si los gases disueltos entran en las articulaciones, piel y cerebro, formando burbujas que pueden resultar letales. Esto sucede porque nuestro organismo no está preparado para moverse bajo esas presiones, debido a que nuestra evolución se encaminó hacia la vida terrestre. Se entiende por tanto, que un animal que vive en las profundidades marinas sí debe estar adaptado. Sin embargo, un nuevo estudio ha revelado que los reptiles marinos prehistóricos padecían de esta misma enfermedad.

Bruce Rothschild, paleopatólogo de la Universidad Médica del Noreste de Ohio, ha investigado los efectos de la enfermedad en animales antiguos. Estudiando a un mosasaurio Platecarpus fallecido hace 84 millones de años, con signos de infección en sus huesos fosilizados,  descubrió una  necrosis ósea avascular, una tira de tejido muerto en un hueso sano. ¿Qué había bloqueado el flujo de sangre al tejido y matado las células? Rothschild y su equipo concluyeron que la enfermedad de descompresión era la única explicación que tenía sentido, después de descartar un envenenamiento por bismuto o un daño por radiación.

El estudio se extendió a otros reptiles del mesozoico de varios países e incluso de distintos continentes y se descubrió que los plesiosaurios  e ictiosaurios presentaban en el interior de los huesos fosilizados los mismos síntomas, siendo los mosasaurios los más afectados.

La razón por la que estos antiguos reptiles con claras adaptaciones a la vida submarina sucumbieron a esta afección es todavía un misterio, pero tenemos una pista gracias a Paul Jepson, veterinario de la Sociedad Zoológica de Londres, quien confirma que la enfermedad por descompresión podía estar extendida en el registro fósil, sobretodo en los reptiles marinos más antiguos, que aún no estaban completamente adaptados.

Lo llamativo es que los reptiles modernos, sobretodo las tortugas marinas, presentan también signos de enfermedad por descompresión. Daniel García Párraga, veterinario en el Oceanogràfic, acuario de Valencia, España, fue el primero en documentar los primeros casos en un estudio que confirmó que 29 de 67 tortugas capturadas accidentalmente tenían esta condición. Sin embargo, hay que señalar que apenas ningún mamífero marino padece este problema de salud, por lo que Agnete Carlsen, médico que trabaja con el Museo de Historia Natural de Dinamarca, ha sugerido que la anatomía del corazón del reptil podría predisponerlo a la enfermedad de descompresión, pues hay una conexión entre las cámaras del corazón derecha e izquierda, permitiendo que las burbujas atraviesen el circuito arterial y causen daños. Los humanos que presentan esta abertura padecen lo que se conoce como “foramen oval permeable” y son más propensas a sufrir por la enfermedad por descompresión.

El estudio, que puede leerse en hakai magazine, podría explicar la prevalencia de la enfermedad descompresiva en el registro fósil e inferir en el árbol genealógico de los reptiles.

Formas diminutas de pterosaurios del Cretácico reescriben la historia

Sin embargo, y contradiciendo la imagen general que se tiene tanto de los dinosaurios, como de este otro  grupo de reptiles prehistóricos al que nos referimos, existieron muchas formas intermedias e incluso enanas muy diversificadas y que presentaban curiosas adaptaciones a su entorno. En concreto, se ha localizado un fósil de pterosaurio del tamaño de un gato doméstico en la isla Hornby en Canadá, cuya anatomía podemos ver tanto en la ilustración de portada como en la imagen inferior.

pterosaurio

Lo más importante de este curioso descubrimiento es que contradice la visión aceptada de que los pterosaurios del final del Cretácico que prevalecieron fueron los de gran tamaño, habiéndose extinguido las formas pequeñas. El ejemplar, de una antigüedad de 83 a 72 millones de años, obliga a reescribir lo que se conocía de este grupo de reptiles voladores y a desechar las teorías de que los pterosaurios que no alcanzaron grandes dimensiones fueron sustituidos por las aves que comenzaban a dominar el cielo.

Ha sido Elizabeth Martin, paleobióloga y principal autora del estudio, quien ha confirmado que no se trata de una cría o un ejemplar juvenil, y ha llamado la atención sobre la dificultad que existe de que los huesos de pterosaurios de pequeño tamaño se encuentren fosilizados, debido a las características especiales que esos huesos muy ligeros tenían para el vuelo.  Por ello, este ejemplar no está en buen estado de conservación, de modo que todavía no se ha podido saber con precisión a qué grupo de pterosaurios pertenecía. El estudio ha sido divulgado en el Royal Society Open Science,

Encontrada fauna única en el mundo de 230 millones de años de antigüedad

Julia Brenda Desojo y María Belén von Baczko, investigadoras de la División de Paleontología de Vertebrados del Museo de la Plata, han analizado restos fósiles en estratos geológicos de más de 230 millones de años de antigüedad del Parque Nacional Talampay (La Rioja), y han identificado fauna desconocida hasta la fecha.

Entre el nuevo tipo de fauna identificada, abunda el esquivo Tarjadia ruthaeron, un cuadrúpedo acorazado que vivió antes de la llegada de los dinosaurios y que ofrece información anatómica relevante que ayuda a entender la evolución posterior de este pariente de los cocodrilos. También se han encontrado restos fósiles de dos grupos más de antecesores de los cocodrilos, y otros precursores de los mamíferos y  reptiles.

El estudio, publicado en la revista Nature Ecology & Evolution, es particularmente interesante porque el enclave en el que se han encontrado estos fósiles tiene dataciones precisas de sus rocas. Gracias al trabajo realizado, se ha concluido que la época antecesora del Triásico, vivió una fase de profundos y rápidos cambios en los ecosistemas.

El especial hallazgo del embrión de un reptil marino de 200 millones de años

El Museo Estatal de Baja Sajonia en Hannover albergaba desde la década 1990 los restos de un un reptil marino que había sido encontrado en la costa de Somerset y que vivió hace unos 200 millones de años, en el Jurásico Temprano. El ejemplar medía 3,5 metros, llamaba la atención por su gran tamaño, el mayor que se ha registrado jamás para un Ichthyosaurus somersetensisestos, pero además, guardaba un secreto del que nadie se había percatado hasta ahora.

Han sido los paleontólogos Sven Sachs y Dean Lomax quienes han reexaminado este ejemplar y han descubierto que se trataba de una hembra embarazada, pues un embrión incompleto se gestaba en su vientre. El pequeño media unos 7cm de largo. Los huesos que lo estaban formando y que han podido ser identificados son fundamentalmente pequeñas costillas y vértebras. Se ha podido comprobar que no estaban completamente osificados, lo que significa que aún se estaba desarrollando.

Este extraordinario descubrimiento de una reptil prehistórica embarazada pone de relieve que no siempre los mejores hallazgos se hacen en el exterior, y que es vital reexaminar los miles de fósiles que están almacenados en museos.

El nuevo estudio ha sido publicado en la revista científica Acta Palaeontologica Polonica y ayudará a conocer mejor la especie y rectificar las dimensiones que puede alcanzar.

El cocodrilo gigante terrestre que rivalizaba con los dinosaurios

Uno de los hallazgos más impactantes de este verano ha sido el descubrimiento de Razanandrongobe sakalavae, un cocodrilo prehistórico gigante que presentaba una dentadura similar a la del Tyrannosaurus rex y que habitó en lo que hoy es Madagascar durante el período Jurásico Medio, siendo el carnívoro terrestre más grande de la isla, mayor que cualquier terópodo de su alrededor.

Este especímen pertenece al suborden de los Notosuchiaes y es antepasado del Sarcosuchus, el cocodrilo gigante del Cretácico que incluía en su dieta la caza de dinosaurios. Poco se sabía hasta ahora de este suborden de cocodrilomorfos, y jamás se habían encontrado restos fósiles tan antiguos, pues existía un largo linaje fantasma en el Jurásico cuya brecha evolutiva empieza a rellenarse ahora con el aporte de este ejemplar.

La investigación, publicada en la revista PeerJ aporta nuevas informaciones sobre la evolución de las mandíbulas y dentición de este grupo, que en concreto en este especímen son muy similares en tamaño y anatomía a las del Tyrannosaurus rex, y probablemente permitían al animal engullir huesos y tendones. Según Cristiano Dal Sasso y Simone Maganuco, principales investigadores del grupo que halló el fósil, “El Razana pudo haber rivalizado incluso con los dinosaurios terópodos, aquellos que se encontraban en la cima de la cadena alimenticia”. No es de extrañar que, dado su crecimiento corporal exacerbado, este cocodrilo de hábitos terrestres (a juzgar por sus poderosas y rectas extremidades y su denso cráneo) se erigiese en el mayor depredador de su territorio durante más de 40 millones de años.

Esta especie recién descubierta es, a todas luces, muy distinta de cualquier otra conocida en el género Notosuchia, y sugiere un linaje endémico, contribuyendo además a señalar como origen del grupo el sureste de Gondwana.