Un ámbar cántabro muestra cómo era la polinización en el Cretácico

Una abeja de flor en flor con granos amarillos de polen impregnados en sus patas. Esta es la imagen típica que se nos viene a la cabeza al hablar de polinización. Pero en el Cretácico, hace 105 millones de años, el panorama era distinto al actual: predominaban los bosques de gimnospermas (como pinos y abetos) y otros insectos (no abejas ni mariposas) se encargaban de la polinización. En concreto, ciertas moscas se alimentaban de néctar con su larga trompa y, de paso, polinizaban a este tipo de plantas. Así lo demuestra un ámbar encontrado en la cueva de El Soplao (Cantabria).

Investigadores del Instituto Geológico y Minero de España (IGME), de las universidades de Barcelona, Complutense, Harvard, Cornell y del Museo de Historia Natural de Nueva York han identificado dos especies de moscas de la familia Zhangsolvidae (Buccinatormyia magnifica Buccinatormyia soplaensis) que estaban perfectamente conservadas en ámbar. Una de las moscas presenta rastros de polen de algún tipo de Bennettitales, unas plantas que aparecieron en el Triásico y se extinguieron en el Cretácico Superior.

Tomografía de mosca zhangsólvida

Tomografía de mosca zhangsólvida

El minucioso análisis se ha publicado en Current Biology con el título “Long-Proboscid Flies as Pollinators of Cretaceous Gymnosperms”. Los investigadores, mediante tomografías computarizadas, han desvelado la estructura interna de la larga trompa de estas pequeñas moscas. Tomaban el néctar acercándose a las plantas en vuelo batido de forma similar a los actuales colibríes.

Existen pocos casos documentados de insectos atrapados en ámbar con polen impregnado en su cuerpo. En 2012, Enrique Peñalver (IGME) encabezó una investigación que sacó a la luz cuatro hembras de insectos conservadas en ámbar desde hace 110 millones de años, las cuales transportaban polen de gimnospermas de la zona de Álava. El hallazgo supuso la evidencia de polinización más antigua hasta la fecha. Enrique Peñalver también forma parte del equipo que ha estudiado este nuevo caso de polinización fósil de El Soplao.

Estefanía Jiménez Solís

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