Hallan en Canadá las huellas más antiguas de vida en la Tierra

Según los datos actuales, la Tierra se formó hace unos 4.600 Millones de años. En aquél entonces, era una masa ardiente que carecía de atmósfera y que recibía impactos constantes de asteroides y otros cuerpos en la era conocida como “el gran bombardeo”. Teniendo en cuenta todo esto, la aparición de la vida en su superficie una vez empezó a enfriarse y a generar una atmósfera primigenia, fue, en términos geológicos, casi instantánea.

Con las pruebas registradas hasta la fecha, se creía que el despertar de la vida sucedió hace 3.770 Millones de años. Sin embargo, científicos de la Universidad de Tokio en Japón, han analizado las rocas sedimentarias en Labrador, Canadá, revolucionando lo que se conocía sobre el inicio de la vida en la Tierra. La investigación, publicada en Nature, asocia ahora el inicio de la vida hace 3.950 Millones de años, en un infernal escenario en el que la Tierra aún estaba siendo bombardeada por cometas, apenas tenía oxígeno y su atmósfera ejercía una presión hasta 100 veces mayor que la actual.

El equipo ha descubierto evidencias de vida simple, sometiendo el grafito del interior de las rocas sedimentarias a alta presión y calor. El resultado demuestra que el grafito estudiado era biogénico, lo que significa que se creó a partir de un origen biológico en lugar de por procesos geológicos. Todavía no se conoce al organismo responsable de su creación, pero se especula con algún tipo de planta unicelular capaz de realizar la fotosíntesis.

“Nuestro descubrimiento ha roto sustancialmente el récord del inicio del a vida en la Tierra” informa Tsuyoshi Komiya, coautor del estudio. “Esta información ayuda al estudio del origen de la vida y sus inicios tempranos, que posiblemente tenía una morfología simple, indistinguible de los productos inorgánicos”.

Con estos nuevos datos, cabe reflexionar si el surgimiento de la vida sobre los planetas es más común de lo que creíamos, pues hallándose en condiciones tan desfavorables se abre camino.

Beelzebufo, la rana del infierno que se alimentaba de dinosaurios

Un equipo internacional formado por científicos de la Universidad de Adelaida, Australia, la Politécnica del Estado de California-Pomona, la Universidad de California-Riverside y del University College de Londres, acaba de analizar la mordedura de una rana gigante ahora extinta que vivió durante el período Cretácico hace unos 68 millones de años y ha concluido que su potencia podía acabar con la vida de dinosaurios de pequeño tamaño.

El estudio, muy llamativo, se ha hecho a partir de los restos fosilizados de un ejemplar fósil hallado en Madagascar, el cual estaba provisto de poderosos dientes y mandíbulas. El ejemplar habría pesado en vida 4,5 kg y podría haber superado los 40 cm de longitud. Los investigadores analizaron la fuerza de su mordedura, que es similar a la de algunos mamíferos depredadores. Con la ayuda de ranas cornudas del género Ceratophrys que viven en la actualidad en Sudamérica y cuyas presas alcanzan su propio tamaño, siendo éstas otras ranas, serpientes y roedores, el equipo determinó que la gran desproporción entre el tamaño del cuerpo y la enorme cabeza y su conocida voracidad, habrían permitido emboscar animales de su propio tamaño para su alimento, entre los que se encontraban los dinosaurios.

El estudio, publicado en la revista Scientific Reports, mide la fuerza de estas ranas tropicales actuales en un experimento a escala, concluyendo que pueden morder con una fuerza de 30 newtons o alrededor de 3 kg. Basándose en esta relación, han estimado que la rana gigante extinta Beelzebufo pudo haber tenido una mordida comparable a lobos y tigres actuales. “Con esta mordedura tan fuerte habría sido capaz de someter a los dinosaurios pequeños y juveniles que compartían su ambiente”, afirma Marc Jones, biólogo investigador de la Universidad de Adelaida.

A diferencia de la gran mayoría de las ranas que tienen mandíbulas débiles y consumen pequeñas presas, las poderosas mandíbulas de las ranas de este grupo poseen una fuerza que juega un papel crítico en agarrar y dominar a la presa, a la que o sueltan una vez atrapan.

Esta es la primera vez que se mide la fuerza de mordedura en ranas, y el resultado va a servir no solo para el mejor conocimiento de la rana del infierno de la era de los dinosaurios, sino también para conocer mejor a las Ceratophrys  actuales.

Formas diminutas de pterosaurios del Cretácico reescriben la historia

Sin embargo, y contradiciendo la imagen general que se tiene tanto de los dinosaurios, como de este otro  grupo de reptiles prehistóricos al que nos referimos, existieron muchas formas intermedias e incluso enanas muy diversificadas y que presentaban curiosas adaptaciones a su entorno. En concreto, se ha localizado un fósil de pterosaurio del tamaño de un gato doméstico en la isla Hornby en Canadá, cuya anatomía podemos ver tanto en la ilustración de portada como en la imagen inferior.

pterosaurio

Lo más importante de este curioso descubrimiento es que contradice la visión aceptada de que los pterosaurios del final del Cretácico que prevalecieron fueron los de gran tamaño, habiéndose extinguido las formas pequeñas. El ejemplar, de una antigüedad de 83 a 72 millones de años, obliga a reescribir lo que se conocía de este grupo de reptiles voladores y a desechar las teorías de que los pterosaurios que no alcanzaron grandes dimensiones fueron sustituidos por las aves que comenzaban a dominar el cielo.

Ha sido Elizabeth Martin, paleobióloga y principal autora del estudio, quien ha confirmado que no se trata de una cría o un ejemplar juvenil, y ha llamado la atención sobre la dificultad que existe de que los huesos de pterosaurios de pequeño tamaño se encuentren fosilizados, debido a las características especiales que esos huesos muy ligeros tenían para el vuelo.  Por ello, este ejemplar no está en buen estado de conservación, de modo que todavía no se ha podido saber con precisión a qué grupo de pterosaurios pertenecía. El estudio ha sido divulgado en el Royal Society Open Science,

Encontrada fauna única en el mundo de 230 millones de años de antigüedad

Julia Brenda Desojo y María Belén von Baczko, investigadoras de la División de Paleontología de Vertebrados del Museo de la Plata, han analizado restos fósiles en estratos geológicos de más de 230 millones de años de antigüedad del Parque Nacional Talampay (La Rioja), y han identificado fauna desconocida hasta la fecha.

Entre el nuevo tipo de fauna identificada, abunda el esquivo Tarjadia ruthaeron, un cuadrúpedo acorazado que vivió antes de la llegada de los dinosaurios y que ofrece información anatómica relevante que ayuda a entender la evolución posterior de este pariente de los cocodrilos. También se han encontrado restos fósiles de dos grupos más de antecesores de los cocodrilos, y otros precursores de los mamíferos y  reptiles.

El estudio, publicado en la revista Nature Ecology & Evolution, es particularmente interesante porque el enclave en el que se han encontrado estos fósiles tiene dataciones precisas de sus rocas. Gracias al trabajo realizado, se ha concluido que la época antecesora del Triásico, vivió una fase de profundos y rápidos cambios en los ecosistemas.

Científicos del MIT prevén la llegada de una nueva extinción masiva

Desde que la Tierra engendró vida, se han producido explosiones de formas y extinciones masivas, sucediéndose en largos períodos de tiempo. Hasta la fecha, los científicos han detectado al menos seis de ellas, la última descubierta en 2015 que se sucedió durante el Pérmico medio.

Conociendo estos precedentes, no son pocos los investigadores que recogen datos en la actualidad para predecir cuándo se producirá la siguiente extinción masiva, y ayudar a prevenirla o revertirla en beneficio del planeta, y claro, del ser humano. Hace tan solo dos años nos hacíamos eco del estudio de la Universidad de Leeds que se sumaba a otros trabajos sobre defaunación actual, y que vaticinaba terribles consecuencias para la humanidad si el ritmo de desaparición de especies no se frenaba.

Ahora, un nuevo estudio pone el acento en el nivel de carbono en la atmósfera. Han sido científicos del Instituto Tecnológico de Massachusets (MIT), quienes alertan de que si se supera un umbral crítico de emisiones de gases de efecto invernadero, el ciclo del carbono de la Tierra se desestabilizará irremediablemente, provocando la desaparición de la mayoría de las especies del planeta. Y no hablan de cientos de años vista. En unos ochenta años las condiciones actuales se habrán intensificado, iniciando el comienzo del fin de la vida tal como la conocemos.

Este pronóstico desalentador parte de un estudio efectuado por Daniel Rothman, profesor de geofísica del Departamento de Ciencias Atmosféricas y Planetarias del MIT y publicado en Science Advances que analiza los cambios más significativos en el ciclo del carbono durante los últimos 540 millones de años, incluyendo los cinco eventos previos de extinción masiva (seguimos defendiendo que han sido seis) y ha identificado los “umbrales de la catástrofe” en el ciclo del carbono que conducirían a un entorno inestable y a la extinción especies en cadena. Los datos actuales muestran una escalada significativa en una escala de tiempo muy corta, con lo que la magnitud del cambio en el ciclo de carbono será lo que impediría a los ecosistemas adaptarse a los cambios debido a la velocidad a la que ocurre. Si no se revierte el ritmo al que las actividades humanas agregan carbono a los océanos, hacia el año 2100 habrá llegado a las 310 gigatoneladas, el nivel crítico que en el pasado convertía el ciclo del carbono en impredecible y que desencadenaba el desastre.

Mientras esto sucede en los océanos, en tierra firme el ritmo de desaparición de especies en la actualidad ya es cien veces mayor a lo que se considera lo normal y saludable. Insistimos una vez más desde Pangea en la importancia de hacer llegar a los gobiernos estos estudios para la toma de decisiones comprometidas con el medio ambiente.

Encontrado el cangrejo “moderno” más antiguo del mundo

La mayoría de cangrejos que pueblan las aguas actuales pertenecen a los crustáceos decápodos eubraquiuros, y sus características modernas distan de las primitivas fundamentalmente en los órganos reproductores que permiten la más efectiva fecundación interna. Esta característica ha sido hallada en un fósil de unos 93 millones de años en el norte de Guadalajara, España.

Este crustáceo bautizado como Eogeryon elegius vivió a comienzos del Cretácico superior en aguas poco profundas en el Canal Ibérico que conectaba lo que hoy es el Océano Atlántico con el actual Mar Mediterráneo. La morfología de este ejemplar es muy avanzada, en particular su parte ventral y se asemeja a los actuales portunoideos (como las nécoras actuales). Posiblemente provino de formas avanzadas anteriores desconocidas en el registro fósil actual y derivó en otras formas más derivadas y diversificadas. El espécimen ha sido acomodado en una nueva familia para ubicar a esta forma intermedia: Eogeryonidae.

El excepcional hallazgo, que sitúa los orígenes de los cangrejos eubraquiuros mucho antes de lo que se conocía y que aporta nuevas perspectivas sobre la evolución de este grupo de crustáceos, ha sido publicado en el Boletín de la Sociedad Geológica Mexicana.

 

Tortuga gigante que existe desde hace 100 millones de años aparece en una playa española

Una extraordinaria tortuga se ha encontrado varada en una playa de Calella, en Barcelona, midiendo aproximadamente 2 metros y pesando unos 700 kg. La tortuga, que ha aparecido muerta, pertenece a la especie Dermochelys coriacea, la mayor tortuga marina del mundo en la actualidad, que suele vivir en aguas tropicales y subtropicales.

Este hallazgo es sorprendente ya que en 2.000 años se han registrado menos de diez en todo el Mediterráneo, y ésta es la segunda en un mes que puede verse en la zona, por lo que su presencia, según afirma el biólogo Pere Alzina, podría podría significar que la región está siendo un lugar de nidificación de tortugas laúd.

Antes de mostraros el vídeo que recoge el traslado de los restos de la tortuga para su investigación científica, queremos mostraros algo más sobre este especie, su recorrido en el tiempo y recordaros la importancia de mantener los ecosistemas para la perduración de las especies.

Las tortugas Dermochelys existen en nuestro planeta desde hace más de 100 millones de años, teniendo una larga historia evolutiva que se remonta al Cretácico superior de América del Norte y Japón, lo que las hizo convivir con los dinosaurios. Fue durante el Eoceno medio (hace entre 56 y 34 millones de años) cuando estas tortugas fueron reduciendo drásticamente su caparazón, que fue reemplazado por una coraza dérmica formada por osículos de naturaleza epitecal.  A pesar de que la familia Dermochelydae fue un grupo próspero y altamente adaptado a la vida marina, en la actualidad tan sólo queda como estandarte la especie Dermochelys coriacea. En ella aún perviven algunos caracteres primitivos y su tasa metabólica es apróximadamente 3 veces mayor que los reptiles de su tamaño actuales, siendo más similar a los reptiles prehistóricos. La manera en que regula su temperatura también se ha asociado a otros reptiles de gran tamaño, que a pesar de ser ectotermos, se consideran gigantotermos, teniendo una mejor capacidad para mantener una temperatura constante.

Esta tortuga sólo se acerca a las playas a poner huevos, el resto de su vida permanece bajo el mar, a gran profundidad, mucho más que el resto de tortugas marinas. Se alimenta principalmente de medusas, regulando desde la prehistoria la población de estos Cnidaria y permitiendo así la expansión de los peces.

Ahora sí, os dejamos el vídeo del hallazgo de este extraordinario reptil que hoy está en peligro de extinción, sobretodo por la asfixia, al confundir las bolsas de plástico con medusas que son su fuente de alimento, y también por la extracción de petróleo que destruye sus nidos y por la utilización de las playas por los humanos.

Espeluznante hormiga vampírica con un cuerno de metal

Durante el mesozoico, cuando los dinosaurios dominaban la tierra, existían muchas especies de animales con estrategias de adaptación fascinantes que les permitían sobrevivir ante los extraordinarios depredadores de su entorno. Es el caso de las hormigas del infierno, unos impresionantes formícidos con extrañas mandíbulas y estrategias de alimentación que difieren de las hormigas actuales.

La última de éstas en ser descubierta es Linguamyrmex vladi, encontrada en los depósitos de ámbar en Myanmar en Birmania por un equipo de científicos del Instituto Tecnológico de Nueva Jersey. El ejemplar conservado en ámbar vivió hace 99 millones de años y presenta en su cabeza un cuerno reforzado con metales que tiene a la comunidad científica en vilo. Según  el doctor Phillip Barden, principal investigador del estudio, este refuerzo podría haber sido diseñado para evitar daños al animal cuando cerraba su poderosa mandíbula. Se sabe que los insectos pueden secuestrar metales si necesitan incrementar su fuerza o evitar el desgaste.

La inusual serie de caracteres morfológicos de esta hormiga indican un comportamiento depredador especializado y una estrategia adaptativa que ya no se encuentra entre los linajes de hormigas modernos. Los científicos han descrito los hábitos de caza de esta hormiga del infierno y la convierten en un animal de pesadilla. Cuando la hormiga alcanzaba a su presa, la agarraba con sus “guadañas” y probablemente la sujetaba en el aire con la ayuda de su cuerno metalizado. Sus mandíbulas se cerraban con extraordinaria velocidad, y entonces succionaba a la víctima hasta ahuecarla alimentándose de su hemolinfa.

hormiga infierno larva

En la  imagen puede verse a la hormiga tal como se ha encontrado junto a una larva de escarabajo, una posible presa.

El estudio ha sido publicado en la revista Systematic Entomology.

Identificado el “eslabón perdido” entre los dinosaurios herbívoros y carnívoros

Hasta ahora la ciencia paleontológica había identificado a los primeros dinosaurios como carnívoros bípedos de pequeño tamaño, que en algún momento habían evolucionado generando también las formas herbívoras. Sin embargo, no se habían podido identificar especímenes en transición entre los dinosaurios herbívoros y los carnívoros.

Ha sido un minucioso estudio llevado a cabo por investigadores de la Universidad de Cambridge y el Museo de Historia Natural lo que ha permitido descubrir al fin este “eslabón perdido”.  Para ello, se han analizado más de 450 características anatómicas de los primeros dinosaurios y se ha concluido que chilesaurus diegosuarezi, el dinosaurio nombrado en 2015, cubre la brecha entre dos de los principales grupos de dinosaurios.

Chilesaurus era un dinosaurio peculiar, un herbívoro del Jurásico Superior que aunaba características de ambos grupos, como una cabeza similar a la de un carnívoro pero con dientes planos para moler vegetales. En un primer momento, tal como informamos en Pangea, se ubicó a este dinosaurio en el grupo theropoda, un grupo que incluye al Tyrannosaurus rex. Investigaciones posteriores sugieren que en realidad fue un miembro muy temprano del grupo ornithischia, que incluye a dinosaurios como el Triceratops. Esta nueva ubicación de Chilesaurus tiene implicaciones importantes para comprender los orígenes de este grupo. A pesar de que este dinosaurio poseía una estructura de cadera similar a la de un pájaro, un rasgo característico de este grupo, no tenía un pico similar a las aves. Esto sugiere que  el intestino evolucionó primero, y las mandíbulas evolucionaron más tarde. Este cambio de dieta, probablemente por necesidad, debió resultar más ventajoso para los dinosaurios que lo asumieron, especializándolos poco a poco hasta tener las características físicas adaptadas a su nuevo modo de vida.

“Chilesaurus es uno de los dinosaurios más desconcertantes e intrigantes jamás descubiertos. Su extraña mezcla de características lo coloca en una posición clave en la evolución de los dinosaurios y ayuda a mostrar cómo algunas de las divisiones realmente grandes entre los grupos principales podrían haber surgido”, explica el coautor de la investigación, el profesor Paul Barrett, del Museo de Historia Natural.

Los resultados del estudio han sido publicados en la revista Biology Letters, en la que se puede ver que este equipo asume que los ornistiquios y los terópodos evolucionaron a partir de un antepasado común, volcando así más de un siglo de teoría sobre la historia evolutiva de los dinosaurios.

Hallazgo doble: Nuevo titanosaurio aporta una rara evidencia de insectos del Cretácico

Un esfuerzo internacional sufragado por entidades como National Science Foundation (NSF) y la National Geographic Society, ha permitido conocer una nueva especie de dinosaurio saurópodo gigante que ha ayudado a completar un antiguo rompecabezas.

En el año 2002 el Proyecto Rukwa Rift Basin localizó un esqueleto fósil de gran tamaño del periodo Cretácico en la región de Songwe del Gran Valle del Rift en el suroeste de Tanzania. Después de largo tiempo se hallaron en el lugar un húmero, vértebras de un cuello, costillas, y la parte inferior de una mandíbula, que completaban el hallazgo.

Los análisis filogenéticos realizados sobre el ejemplar, confirman ahora que se trata de una nueva especie africana, y que estaba más estrechamente relacionada con los titanosaurios de América del Sur, que con cualquiera de las otras especies actualmente conocidas. Esto nos lleva a un lugar en el tiempo tectónicamente muy activo, en el que el sur de África se separó de Madagascar y la Antártida mientras aún mantenía conexión terrestre con América del Sur, de la que también se fue separando, aislándose definitivamente entre hace 95 y 105 millones de años atrás.

El dinosaurio, bautizado del swajili como “cuello ancho” y científicamente Shingopana songwensis, está ayudando a comprender las relaciones evolutivas de estos y otros titanosaurios.

Pero el hallazgo aporta algo más a la ciencia. Eric Roberts, de la Universidad James Cook de Australia, estudió el contexto paleoambiental del nuevo descubrimiento, y encontró los huesos de shingopana dañados por agujeros de antiguos insectos que llegaron a la escena poco después de la muerte del animal. Tal y como él mismo explica “La presencia de perforaciones óseas proporciona una oportunidad para estudiar el esqueleto y reconstruir el momento de la muerte y el entierro y ofrece evidencia rara de insectos antiguos y complejas redes alimenticias durante la era de los dinosaurios”. Este hallazgo doble nos muestra que todavía estamos rascando la superficie de la comprensión de la diversidad de organismos, y los ambientes en los que vivieron los dinosaurios.

La investigación ha sido publicada en Journal of Vertebrate Paleontology.